Mañana
del miércoles 14 de octubre a las 7:00 hrs. Camino dentro de Ciudad
Universitaria (CU), el ambiente está lleno de tranquilidad y calma, son pocas
las personas caminando por los pasillos, por lo que el silencio es envolvente.
Rodeo
los edificios de las facultades de derecho, administración y biología; lo que
me encuentro no es un escenario familiar donde los estudiantes caminan con
mochilas al hombro y libros en la mano, con los grupos de amigos recostados
sobre el pasto descansando después de las jornadas escolares; sino más bien en
ese preciso momento de la mañana son contadas las personas que observas a los
alrededores.
Pero
dicha calma y silencio es solo la portada del libro que puedes vislumbrar, si
recorres con calma sus páginas te encuentras un mundo nuevo y diferente, que no
esperabas hallar. Puesto que conforme mis pasos avanzaban, me tope con un
escenario diferente al que mis ojos habían visto hasta el momento, alrededor
del circuito interno de CU, las actividades son totalmente diferentes.
Las
personas se encuentran preparadas para comenzar la mañana respirando aire
fresco y ejercitando sus cuerpos. Con los audífonos puestos, tenis y ropa deportiva,
recorren el camino de la DAE hasta Ingeniería en repetidas ocasiones; cada uno
marcando un propio ritmo en sus pasos, en el sonido de sus respiraciones y en
el sudor que corre por sus frentes y espalda.
Algunos
recorren el camino en compañía de alguien, hombro a hombro, compartiendo ese
momento de tranquilidad; otros lo hacen en solitario con los rayos del sol como
compañía, ya que estos iluminan cada zancada de sus pies. Al igual que los
árboles parecidos a soldados resguardando una fortaleza, se alzan en toda su
magnificencia, quienes son testigos del pasar de las personas en sus recorridos
diarios.
Pasados
los minutos, sigo fijamente la trayectoria de una mujer de aproximadamente 20
años; sus mejillas están sonrojadas, su frente, espalda y pecho sudorosos; pero
a pesar de las señales de esfuerzo físico, no se puede vislumbrar cansancio en
su rostro o mirada.
Continua
cada paso con determinación, y conforme avanza en su recorrido la velocidad de
sus zancadas se incrementa y disminuye, ya que se puede notar en el movimiento
de su cabello sujetado fuertemente en una cola de caballo.
Pero
la mujer de 20 años no es la única interesante en la manera en que recorre su
trayectoria; más a lo lejos, con un paso más lento y que podría casi pasar
desapercibo, se encuentra un señor de la tercera edad.
Su
cabello y bigote completamente blanco por el paso del tiempo, su gorra y chamarra
del cruz azul y un sonido de música de los ochentas proveniente de un celular, complementan
el atuendo del señor, que lo caracteriza de manera particular.
El
tiempo que él se toma en recorrer una vuelta del circuito es muy diferente al
de la mujer de 20 años, pero aun así no es menos importante, pues su constancia
superaba a muchas otras personas más jóvenes que realizaban la misma actividad
que él.
Pasadas
las 9 de la mañana, la gente seguía yendo y viniendo a través del circuito,
pero la actividad ya no sólo era exclusiva de los corredores, sino también de
los alrededores; más gente pasaba por los pasillos, algunos andaban en lobo
bicis, con sus mochilas en la canasta; por lo que comenzaba a verse más como el
escenario habitual que esperas encontrar dentro de CU.
Aunque
el misticismo de la universidad dentro de las primeras horas de la mañana es
algo que cualquier persona debería ver; es poco conocido por muchos que Ciudad
Universitaria no sólo tiene una faceta, sino que si se recorre con cuidado,
puedes encontrar muchas más cosas interesantes que acontecen dentro de sus
muros. Tal como los corredores del circuito, que se encuentran ahí todos los
días sin falta alguna.
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